HERO CARMINA, poemas de Ricardo Rubio, comentarios

HERO – CARMINA, poemas de Ricardo Rubio
comentarios de Cesc Fortuny i Fabré, Marian Raméntol y Amadeo Gravino

Hero Carmina

15×23 – 80 pag. Contratapa, texto de Aníbal Zvorak.

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HERO CARMINA. En el principio era el Verbo.

                                                               Por Cesc Fortuny i Fabré

Ricardo Rubio

El epígrafe de Thomas Carlyle, que abre las puertas de esta obra, representa un hilo, una columna vertebral donde se sustentará el periplo del héroe. El título no engaña, Hero Carmina, poema para y por el héroe. Poesía ya no heroica, sino escrita desde la heroicidad, desde las tripas mismas del acto vital, de la mirada al pozo y de la autoconciencia El salto de fe al abismo de saberse, de autoconocerse. Las canciones del héroe, la consciencia, la vida.
Según el evangelio de Juan, “En el principio era el verbo …” así en nuestro Hero Carmina, Ricardo Rubio nos dice en el poema  Tierra de Lid “… Luego llegan las mañanas del alfabeto: las líneas cruzan el papel y el lápiz cristaliza la memoria …”  Al igual que un discurso, nuestra mente se construye, se forma, y como decía W.S. Burrougs, el virus del lenguaje se encarga de estructurar nuestra mente, de dar nombre a sensaciones y a conceptos que nos serían del todo ajenos.
Sin ninguna piedad, el poeta nos advierte que “ … Tiznado, entre la inercia y los sueños, el héroe empieza a vivir jugando al desenlace. …” ya que de ese inconsciente que colapsa, nace la voluntad, el empuje o la libido si lo prefieren los más freudianos, que nos arrastra río abajo. Siempre el mismo lecho, siempre distintas aguas.
Una vez hecho el salto, una vez conseguido el desequilibrio que mantenía la balanza, el consciente se va formando al dar nombre a las cosas, y al hacerlo, se va formando a sí mismo. Como un mantra eterno que no quiere despertar, pero que al ser recitado en voz alta, despierta a su emisor. Muy descorazonador resulta la insistencia de Rubio en recordar el azar, el caos inherente a la creación, el doloroso sinsentido de la existencia: “Nos es dado este fragmento para intuir la luz,/ para verla nacer y morir en manos de la ruina,/ para ser y no ser entre raudales de azar,/ para fatigar su índole,/ su esencia de secreto,/ su afonía.” Descorazonador, sí, pero terriblemente bello.
Para el poeta, es ya toda una heroicidad, roer ese estadio preconsciente, ese cálido útero de la mente, en el que ésta funciona de otra forma, con otros códigos probablemente mucho más naturales, así “… el niño funda la sustancia silábica,/ una intención de lumbre en el sonido …”
Llama la atención la pulcra construcción gramatical, el quirúrgico dominio de las palabras, imposibles sin un oficio sólido, sin una experiencia asentada. Algo que me induce a pensar en una madurez, en un control de las riendas, que permite hacer y deshacer al poeta lo que le viene en gana. En esta primera parte del poemario, me resultan muy destacables  los versos del poema La lucha interior del adalid: “Veo la oscuridad/ y no sé si la noche es la de afuera.”  Esta certera simplicidad con la que se expresa en ocasiones, contrasta con el complejísimo discurso que encierran las palabras.
Las estructuras de los poemas suelen contar con versos flotantes, lapidarios, sentencias que sepultan inmisericordes, y que resonantes, rebotan en nuestra memoria inmediata. Estos versos flotantes, son usados en ocasiones tanto a principio, a mitad o al final del poema, amén de ser usados en las tres ocasiones a un tiempo. Pero es para mi gusto el verso flotante final, el que actúa de rúbrica, el que encierra el secreto y la sorpresa, es como digo, la losa que el héroe debe soportar en su largo recorrido.

Cesc Fortuny i Fabré

Los versos en forma de pregunta interrogan al héroe sobre el mundo que le rodea, le sitúan y le anclan poco a poco en esa realidad que se construye con el discurso, con la interpretación.
Si la primera parte del poemario es la niebla de los sueños, el preconsciente, la segunda es la asunción de la no heroicidad,  “No habrá juglares ni trovas/ para el héroe de todos los días./ Será diminuto, invisible,/  un latido al azar.” o en otras palabras, la desaparición de las formas mágicas, y la aparición de lo cotidiano, y a su vez, el hecho de que lidiar con ello, con lo cotidiano digo, será de facto, toda una heroicidad.
El poeta se pregunta cual es el sentido de todo lo estructurado hasta el momento, de la vida tal y como se entiende en la edad adulta, del conjunto de convenciones que nos permiten relacionarnos y socializarnos. Aquí, las preguntas interrogan al héroe sobre su naturaleza, sobre el trabajo de construirse y sobre su construcción misma, pues el héroe, desprovisto ya de la certeza de la inocencia, cuestiona y se cuestiona el mundo y a sí mismo. “Sé que respiro,/ aunque ignoro el sentido de la inercia./ Sólo intento superar la asfixia,/ la opresión, el tedio, la acidez,/ la desolada esperanza de equidad./ ¿Dónde, la lógica, el juicio, la razón?”.
Los propios interrogantes, las preguntas, son los dragones contra los que debe lidiar, aún a sabiendas de que la victoria es imposible. Son los molinos de un Quijote enloquecido ya por su propia locura. Ya no hay hadas ni duendes, y aunque se intuya futuro, el pasado empieza a doler mucho más.
El héroe es presentado aquí como un ser que busca, una vez asumida la destrucción de lo mágico,  una justificación para la existencia, una excusa que resucite el motor, la voluntad primera que lo desencadenó todo. Un retorno imposible a ese desequilibrio inicial, al Big Bang.
Especialmente demoledor se me antoja el poema Parpadeos de un derrotero heroico, donde se exploran con crudeza las sensaciones de desconsuelo y decepción propias de la vida, de la asunción de la vida, del espeluznante resultado de hacer balance. La crisis. Citaría entero el texto, pero me quedaré con el verso final “Ningún espejo descubrirá mi ausencia.”  donde la tragedia del vampiro es una metáfora arrasadora y brillante, sobre la terrible sensación de indiferencia que nos profesa lo externo hacia nuestra existencia.
Si pudiésemos hablar de nacimiento, vida y vejez, no sería esta última un remanso de paz, más bien parece que el poeta nos enfrenta a la derrota absoluta, a la destrucción de todos aquellos conceptos que creamos en la segunda parte del poemario, y que ahora han sido desenmascarados definitivamente. Una rendición, entiéndase, muy al estilo de Miguel de Molinos, quien nos hablaba de la aniquilación, el recogimiento, la muerte mística, la oración de quietud; y en definitiva, de la suspensión de la palabra y por ende del entendimiento.
Es en esta última parte, donde en el poema El desmayo a los pies de una estatua, aparece el magnífico epígrafe del poeta, narrador, dramaturgo y ensayista Omar Cao, “Sólo los elefantes/ vuelven para morir …” Ricardo Rubio nos sumerge en la destrucción, en un Kali-Iuga particular, donde el héroe desbarata poema a poema, deconstruye verso a verso, todo cuanto había parecido asentado. La soledad y el silencio, son ya compañeros de viaje, son hermanos, padres y madres que se proyectan en antiguos espacios familiares, lugares que una vez revisitados, aportan la paz de la derrota. “… la noche apacigua las heridas/ y el silencio es pan del bueno/ antes de empezar a soñar. …”
Si existe un final, es el principio, ese en el que nada tenía nombre, donde todo estaba por descubrir, por hacer, un alzheimer deseado y liberador. La fusión con el niño y con todo. La extinción.

Cesc Fortuny i Fabré, Monistrol de Montserrat, 2018

Marian Raméntol, Cesc Fortuny i Fabré, Marlene Denis y Ricardo Rubio

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HERO CARMINA, de Ricardo Rubio, por Amadeo Gravino

Amadeo Gravino

Este libro se abre con una frase muy significativa de Thomas Carlyle: Puede ser un héroe lo mismo el que triunfa que el que sucumbe, pero jamás el que abandona el combate…
Esta cita de Carlyle, (escritor tan valorado por Borges, cuyo libro sobre los Héroes leí con interés tempranamente en el local de la calle Méjico de la vieja Biblioteca Nacional), sumada a una nota liminar aclaratoria de Rubio, nos hacen notar que la intención del poeta será referirse al héroe de todos los días, a las permanentes batallas libradas en su devenir por el héroe de todos los días, es decir el hombre común.
Y lo hace apelando directamente a la poesía épica clásica, apelando a las estructuras formales de la canción de gesta tradicional, para mostrarnos en detalle las peripecias de esas batallas diarias de los seres anónimos que pueblan el mundo enloquecido que nos toca padecer.
Este es un trabajo serio que se va desarrollando sin trabas, con naturalidad desde el niño, sus primeras sensaciones, sus sueños, sus mitos iniciales, hacia el incierto futuro que lo va envolviendo (¿lo va hundiendo?) en el tiempo posterior que lo llenará de desconcierto, fracasos y frustraciones.
Quiero hacer notar que resulta muy apropiada la riqueza de lenguaje épico y también la secuencia rítmica empleadas a lo largo de los distintos pasajes de la obra, ambas también densas y contundentes hasta el punto de lograr la plena identificación emocional del lector.
El texto de Ricardo Rubio, cuya lectura recomiendo, propone completar el libro de Carlyle sumando El hombre común a las figuras de Mahoma, Shakespeare y los otros héroes que originariamente lo integran. Y según entiendo, logra su propósito plenamente. Dejo mis felicitaciones para el poeta.

Amadeo Gravino, Buenos Aires, 1/1/2018

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HERO CARMINA, un círculo vital completo, por Marian Raméntol

Hero – Carmina

Tal y como indica el propio autor en el preliminar de Hero Carmina, nuestra andadura a través de las 67 páginas que lo componen es un viaje “heroico” a través de la existencia.
Como siempre que se afronta una buena lectura, las “maletas a llenar” son varias y con distintos equipajes. En mi caso, las he preparado para realizar un viaje heroico, sí, pero a través del consciente y del propio subconsciente del protagonista. Un viaje que no por enmarcarse en la heroicidad (ya el simple hecho de vivir lo es) está exento de dudas, miedos y cotidianidades.
El poemario está dividido en tres bloques o apartados, y mediante esta estructura el lector conocerá los diferentes estadios del “Héroe” y su desarrollo, desde la niñez hasta el ocaso, por lo que se cumple un ciclo vital completo.

PARTIDA

Bajo este apropiado título da comienzo la aventura, en la que nos remontamos a la niñez, al descubrimiento de todo cuanto acontece, sin reparos ni cortapisas. Es por tanto el ámbito del “Ello” freudiano, donde las primeras pulsaciones abarcan la creatividad sin condiciones (Un periplo sin fechas heroicas, pag. 13), los sueños que se han de forjar, y las primeras preguntas ante la propia vida:

frag.

“Los primeros intentos despuntan las pasiones,
la necesidad del aire, la lujuria;
solo son señuelos, metáforas de salva.
¿Por qué cargo entonces una lanza
   y un escudo sobre estos pies?
¿Un lápiz de sueño en cada mano?
¿Qué busco en el calor de un astro en guerra
   si lo correcto importa a nadie? …”

Los lugares son aun indefinidos, todo sucede como entre bruma, todo está a medio construir, hasta que aparece la razón, el pensamiento abstracto, y la posibilidad de nombrar y nombrarse (La posibilidad de un héroe como proyecto, pag 14):

frag.

“El tiempo traza sueños,
blande armas, ideales, corrige,
y retazos de leyenda buscan
   un después que la nombre.
Así llega al destrozo
   entre noches y pensamientos de amor,
desde una tiniebla sin horario,
desde un sitio indefinido…”

Aquí aparece ya la auto-consciencia y por lo tanto empieza a formarse, poco a poco, un nuevo escenario. El niño ha avanzado en su aprendizaje, éste pesa y se entreabre a la vergüenza, a la carga y a las aflicciones. Nuestro “Héroe” empieza a constatar que la vida no es tal como la “inventamos” y eso conlleva contradicciones, dudas y oscuridad (La lucha interior del adalid, pag. 17):

frag.

“Veo la oscuridad
   y no sé si la noche es la de afuera.
Todo se va cuando la mano injusta
   desborda la tarde,
se ahoga el sentido y se opaca el derredor. 

La mentira es insolencia,
albur en vísperas de un abismo,
anticipo de una idea hecha pesadilla.
Estoy habituado a ese murmullo
   y el caos parece sensato,
necesario, jubiloso…”,

por lo que el proceso de “formación” del héroe se convierte en menos ideal y más carnal dando paso a la realidad del ser humano, con sus miedos y frustraciones (Cavilaciones de peso frente a la naturaleza de las cosas, pag. 22):

frag.

“…Quizá los deseos se cifren en presente
   y adjetiven un futuro con lealtades
o con un abrazo redentor,
pero llegan los vacíos y el lamento,
el sonido de los pasos que no di,
los corredores insospechados,
la infamia de la ceniza.
Los gritos son parte de ese azar,
de ese temblor indetenible…”

Nace también la necesidad de auto-afirmación, la búsqueda de certezas, ya sin bruma, con paisajes internos cada vez más concretos (Alrededor, la oscuridad de la materia, pag. 30):

frag.

“…No comprendo la razón del ser
ni el ser de la razón;
sólo siento la inquietud,
el altercado entre lo desparejo
   y la vacilación del orbe, fingiendo ingenuidad…”,

y afirmaciones que nos abren la puerta de otra habitación muy distinta, la puerta de la madurez (Temblores entre la sombra y la luz, pag. 32):

frag.

“…El sol insiste en conocerme,
en sembrar sentido
ante el umbral de un estrago.
¿Cuál es la llave de este abecedario
fundado en el cansancio
donde la reflexión se deshace
y el corazón late a ciegas?…”

Ricardo Rubio

GESTA

Llegamos así al segundo bloque de Hero Carmina, donde el protagonista se ha hecho ya a sí mismo, abandonamos por tanto el ámbito más pasional  y nos adentramos en la madurez del individuo, en la búsqueda del equilibrio entre la pulsación inconsciente del “Ello” y la aceptación de la realidad con sus limitaciones, normativa, ética y moral. Entramos de lleno en el ámbito del “Yo”. Aparecen, por tanto, distintas cadenas de mando, conceptos como la soberbia o la vanidad (El puro imposible del honor, pag 36) y el “cansancio” del protagonista ante los avatares de esa gesta que es la vida.

frag.

“…El tumulto no es música del viento,
es sangre rota, espuma de triza, desánimo.
No quisiera estar aquí
sino regando el verde de la tierra…”

El héroe (que aquí empieza ya a perder su inicial en mayúsculas) comienza a ser consciente de su debilidad, de sus tropiezos (Balbuceos de la razón, pag. 38) por otra parte necesarios para su avance-:

frag.

 “…Sólo intento superar la asfixia,
la opresión, el tedio, la acidez,
la desolada esperanza de equidad.
¿Dónde, la lógica, el juicio, la razón?…”
;

y toma conciencia de su ser y de sus orígenes (Unguis et rostro supra eorum, pag. 40):

frag.

“Soy Narmer,
soy Sargón el tirano,
el escudero huérfano de Aníbal Barca,
el primer ballestero de la Torre del Este,
un escritor manco o el guardián pontonero
de la última fortaleza de Atenas;
soy el timonel
de Pedro Sarmiento de Gamboa,
un segador gallego de Forcas, desocupado
y sometido a la injusticia.
 

Soy todos en esta cadena seminal,
un retal de polen,
una progenie de grises
   destinada a cuidar el mundo
   y mantener las fechas…”

Nuestro héroe no solo vive, inventa, camina y crece como lo hacía en “Partida”, en “Gesta” empieza ya a “recordar”. Las experiencias vividas le permiten pues la valoración, la confrontación y la toma de conciencia “del mundo” (Los tiempos de remanso dilatan las horas, pag.42):

frag.

“…Lo cierto es que el tiempo afloja los postigos,
las cenefas, los ideales;
sacude los relojes,
los cansa, los consume,
luego cruza los cuartos y desaparece
para consentir el sueño…”

 (Cicatrices de la ficción, pag. 43):

frag.

“…El estrépito de la calle impide oír la soledad,
sólo caminar parece cierto
a pesar de la ceguera.”

A estas alturas de la evolución del personaje, éste empieza a doblegarse ante ese mundo que digiere y que, en mayor o menor medida, comprende, y por ello, se somete ante él (Parpadeos de un derrotero heroico, pag. 44):

frag.

“Los caminos se obstinan en contar mis pasos,
devotos de este acero, lo buscan con avidez,
lo alientan al ensueño,
lo llevan a crear una utopía,
a traducir la risa al idioma que convenga…”

No se trata solamente de la asunción del mundo si no que asume plenamente, y a su vez, la relatividad de su “heroicidad”, otorgándole realismo y contundencia. Ahora ya no se trata del adalid que se lanza a la batalla para buscar gloria o riqueza, si no de un asalariado ante la sociedad que lo gobierna (Friegas de escombro en el abertal de la noche, pag. 46):

frag.

“…Una paga miserable
me obliga a repetir la bravura.
Me atrevo a respirar todo el tiempo
y dejo el aliento en lo inútil,
sirvo a otro, me derrocho.
Es de cemento la comedia.

Reverberan las sombras de la ciudad
a lo largo de calles tácitas
por donde vago sin son y sin remedio.
Hay condenas, iniquidad, desahucios,
y tanto espacio en las praderas…”

Y aparece, inevitablemente, el desconsuelo: “Ciego, sordo, simiesco/ agitado por la carga,/ busco coartadas para respirar/ en un abismo de carbón”.

Y con el desconsuelo abandonamos este periplo para adentrarnos en el último apartado del poemario.

RETORNO

La comprensión del pasado lleva a nuestro héroe (aquí, definitivamente, lo escribimos con minúscula) a la búsqueda de la serenidad. Hemos llegado al “campamento” del “Superyó” donde las valoraciones punitivas y las reflexiones incriminatorias no son tratadas simplemente como aceptaciones de las normas sociales y la entonación de un “mea culpa” al uso, si no más bien,  como la asunción del propio ser (“Ahora soy de nadie/ de todos desaparezco”). Nuestro protagonista regresa a los lugares apacibles en busca de algo de amabilidad, abandonando contiendas y refriegas (Redención por el solaz, pag. 54) consciente del desaliento y de la soledad, aspecto éste último que cobra, aquí, una dimensión casi emancipadora.

frag.

“…Dejo la armadura en la calle
   y a dos pasos la alabarda.
Vuelvo por el fuego sencillo,
por el calor de la cena.
No tardaré en retomar el trabajo,
el cometido de viento,
la voluntad de ser al filo de un barranco…”

El regreso, el recuerdo, el desamparo, el remedio o el cansancio se convierten en este último capítulo en compañeros de viaje de nuestro héroe, tan protagonistas como él mismo, con tanto peso, tanta carga, tantas verdades y tantas otras mentiras en su haber. Y entre todos ellos, nos llevan de la mano hasta al último de todos los pasajes, de todos los andenes, de todas las estaciones, nos llevan directos al olvido.

Así acaba el círculo, el héroe que poco a poco va abandonando la “Idea” en favor de su propia  “Existencia” fundido en los poemas que lo dibujan y definen a lo largo del ciclo vital, el suyo, el nuestro, el de la humanidad.

Marian Raméntol, Barcelona, Febrero 2018.


Marian Raméntol (Barcelona, 1966). Miembro del grupo poético LAIE (2004-2009). Directora de la revista La Nausea desde el año 2006. Miembro del grupo musical O.D.I. desde el 2006. Miembro del colectivo artístico Grup Tremó (2010).
 Miembro del grupo poético-pictórico-musical Oxímoron (Piropoesía y música cuántica) (2008-2010).  Su obra ha sido traducida a: Estonio, Armenio,Búlgaro, Alemán, Italiano, Portugués, Inglés y Rumano. Ha participado en el VIII Festival Internacional de poesía Moncayo (Zaragoza), I Festival Internacional de Poesía y Microrrelatos de Viladecans 2011, 18ª Festival internacional de poesía de Curtea de Arges (Rumanía), V y VI Encuentro Internacional ELILUC (Miami-Florida) y ha sido invitada al Festival internacional de poesía de Cluj (Rumanía) y al Festival Internacional de Pereira (Colombia).
 Actualmente, en el ámbito literario, combina su actividad de dirección de la revista cultural La Náusea con la traducción de poetas contemporáneos italianos, la corrección y maquetación de poemarios, la impartición de clases de poesía en verso libre; y en el ámbito musical elabora con el proyecto O.D.I. la banda sonora y la producción de audio tanto para cortos como para largometrajes.

		
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A CIERTA ALTURA, de Antonio Aliberti (1938-2000)

A CIERTA ALTURA, poesía, de ANTONIO ALIBERTI
(edición póstuma)
14×20, 244 pag. Editado por La Luna Que, 2004.
Compendio póstumo de los libros inéditos: “Timbales”, “Línea ambigua”, “Nessun maggior dolore” (bilingüe italiano-castellano), “Incierta vocación” y “La mujer que llegó al atardecer”; segunda parte de las obras completas de Antonio Aliberti.
Arte de tapa: Francisco José Finet.
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Antonio Aliberti ha sido poeta, narrador, dramaturgo, crítico literario y traductor de poesía y narrativa italianas. Su profusa labor y calidad literarias lo instalan dentro del grupo más prolífico de creadores que mantuvieron viva la actividad poética en las últimas décadas del siglo pasado. La reflexión funde entre sus versos la desenvoltura del bien, la esencialidad de la palabra para escudriñar los mundos —interior y exterior— y la preocupación por la ubicuidad del hombre. Forma y contenido se unen para moldear un verso cuidado, consistente y libre de esgrimas superficiales. La sonoridad apoya al concepto, la imagen al recurso, el resultado a la vida. No hay distancias, más que formales, entre su lírica, su narrativa y sus humanas virtudes; sus palabras encuentran el camino para autenticar la voz segura de un corazón tierno que abre sus puertas de par en par, que brinda todo lo que su cuerpo encierra. La suscitación, emergente del fino desarrollo de los poemas, y el dolor existencial de fondo, hacen de toda su obra un abrazo conmovedor del que acaso pocos puedan sustraerse. Las miradas del poeta son la versión más fiel de la subjetividad cuando el talento es común denominador. Es la suya una obra cuyo brillo, aun haciendo pie en lo confesional, examina los sucesos sociales y pasionales no menos que los intelectivos, con honestidad, sinceridad y seguridad dignas del hombre de genio.

Tiene su mensaje una tendencia al encuentro metafísico, una mirada que atraviesa o separa la materia en sus mínimas partes, un color que se apoya en la expresión para dar el tono único de su grito. Tratándose de una figura sobresaliente de nuestras letras, esta segunda parte de su creación poética no hace más que aseverar lo que en “Apuntes de veinte años” —la recopilación de sus primeros libros— reveló en calidad y madurez.

                                                                                                                                       Ricardo Rubio