MINICUENTOS GRISES

MINICUENTOS GRISES (2009) de RICARDO RUBIO
14×20, 104 pag.
 Antares (2009).
Arte de tapa: Mónica Caputo. Ilustraciones interiores de Rubén Pergament.
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POR UNA CABEZA

El sombrero le daba una sombra asombrosa. Miró en derredor, encendió un cigarro, controló el tambor con las dos balas frescas y callado cruzó la calle. Lo animaron con un cheque de cuatro ceros a buscar el paradero de una dama fácil que había levantado vuelo del refugio de un pesado con la ayuda de un rufián.
Entró al bar a la hora en que los ebrios empiezan a sufrir con el pan amargo de la acritud. A cambio de un diez, el gordo Bétiga le sirvió una ginebra generosa y le señaló el sur con el dedo mustio del aburrimiento. Caminó unas cuadras y, acercándose a la cerca cercana, oteó la mancebía y oyó los rumores cenagosos del desenfreno.
Del otro lado del tapial, la ventana de su destino revelaba los encantos pudendos de la mujer que buscaba. Ahora tenía el resto de la paga al alcance de sus manos; esas manos treparon la pared, y el sombrío hombre con sombrero la cruzó con la idea tibia y el corazón helado.
Cuando se oyó el estampido, la mujer no supo que el grito de espanto había vuelto a su boca presionada por los dedos que cruzaran el muro. Minutos después, el hombre guardó su treinta y ocho corto del cincuenta y dos con una sola bala fresca, y le ordenó a la fementida fémina que se enfundara. La hembra se encajó en su ropa costosa, se envolvió en un aroma importado, se pintó los labios torvos como ceniza, tiznó sus mejillas, enmarcó sus ojos, y juntos salieron esquivando al punto que se desangraba con un lento hilo de sangre que, como ellos, buscaba la calle.

 

LA OTRA TIERRA

Sentía rechazo por las ideas de los adultos de las que no quería saber nada. Sus diecisiete lo vestían de huesos largos, buena nariz y barba rala.
Pensaba, o creía que pensaba en la estafa de sus mayores y la de los mayores de sus mayores, y esa mañana decidió cambiar para seguir siendo el mismo.
Dejó una carta a su madre, con la que intentó superar el miedo a necesitarla; pensó que a su padre no le importarían dos manos menos, después de todo, también se llevaría la boca; para sus hermanos no tuvo ni el destello del desgano.
Partió hacia las aventuras del ruido y la melancolía; durmió en lechos de silencio y extrañó las tibias manos con tisana y las madrugadas con labios y sonrisas. Supo entonces que sólo el acto destina, pero ya tenía treinta y no sabía aún si las voces de los hombres concordaban con sus manos.
Capituló la dicha, capituló la pena; y la pena y la dicha se fueron con él, tiempo después, cuando lo crucificaron.

 

PREMIO CONSUELO

Después del último trago, encendí un cigarrillo. Sólo tenía unas monedas y llevaba tres días de ayuno.
Ella se había ido como un pájaro que parte hacia alguna parte, como una gacela ciega atraída por el agua sucia de los turbios atanores de la noche. Se llevó la llave y los últimos pesos de la caja. Dejó una zanja en la tristeza y una soledad húmeda repartida entre los muebles de mi oficina.
Ningún caso ese mes, y el casero me acosaba con la renta. Con su corazón ambidiestro, ella se alejó de mis sueños con tos, de mis escaleras con tacos, de mi pésimo albur. La imaginaba volver con las orillas untuosas de su río de aceite, con los bordes jugosos de una fruta inefable, con sus filos de azúcar, con el susurro lanoso de sus mentiras. Pero no regresaría; gozaba ahora del buen trato de un otario que le daba los gustos, que le cubría los gastos, que le aguantaba los vicios. Lo cierto es que yo ansiaba sus orillas nutridas, sus medias de seda, sus eclipses de popa y sus tensos breteles.
Encontré dos balas viejas para el treinta y ocho que dormía en la funda desde el noventa. Miré el caño y busqué un motivo para no tragarme un plomo. Más tarde, indagué la calle, investigué la finca y confirmé la hembra. Tramé una vana excusa para perdonar al perro y al otario, pero dos estampidos quebraron la noche.
Después del ajuste, entré a la pieza con un vacío vacilante. Ella vibraba como una víbora, temblaba como un tiento, gimoteaba como una gata frente al humo blanco del caño del desenfreno. Me vio, cerró los ojos y abrió las ramas. Tramé tomarme el tiempo para su tributo tórrido y tenaz. Su piel de arcilla no tardó en cubrirme con el abanico negro de los murciélagos, con el sudor cetrino del veneno de un cangrejo, con el fuego rojo de sus labios de averno. Luego, se fue otra vez dejándome los muertos y el recuerdo de su espalda.
Ahora, cuando la busco, aparece de la nada, me mastica lentamente, me devora en silencio, me liba, me fatiga, paga la renta y se va detrás de sus quimeras como el viento infinito en el corredor de una flauta. Y yo ya sin balas.

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